¿Por qué los jóvenes de hoy sufren más ansiedad? Spoiler: no todo es culpa del móvil

Por: Admin

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Todos nos imaginamos que el uso excesivo de los dispositivos tiene algo que ver, pero hay también hay que buscar las causas en el modelo de crianza que eligen los padres.

 

La tecnología y el uso de dispositivos ha cambiado nuestra manera de relacionarnos, incluso desde edades muy tempranas. No es extraño ver a niños de siete años que van a casa de sus amigos a jugar con su propia tableta bajo el brazo. La interacción suele producirse así: conversan un rato y, pasados apenas unos minutos, cada uno se sumerge en los juegos digitales que lleva en la tableta. Si alguno, por algún motivo, no lleva un dispositivo consigo, corre el riesgo de quedarse aislado o de convertirse en mero espectador. Esta dinámica es muy habitual en Estados Unidos, pero no es exclusiva de ese país. A nuestro alrededor, vemos niños absortos en los móviles durante comidas familiares o grupos de adolescentes sentados en un banco que no hablan entre ellos porque cada uno está pendiente de lo que se publica en redes sociales. Desgraciadamente, el precio de todo esto está siendo la salud mental de los más jóvenes.

Las personas nacidas después de 1996 sufren mayores índices de ansiedad, de depresión, de autolesiones o de problemas mentales que generaciones anteriores tanto en Europa y Estados Unidos como en Australia, según el centenar de estudios de la doctora Jean M. Twenge, profesora de la Universidad de San Diego State. Pero el origen del problema se remonta a unos años antes, a la década de 1980, cuando aún los dispositivos no habían irrumpido en nuestras vidas, y está relacionado con los padres. Es entonces cuando, a raíz de miedos infundados, comienza una sobreprotección en la educación de los hijos que los alejan del juego y les reduce su autonomía. La hipervigilancia en el mundo real es significativamente opuesta al permiso que los niños y jóvenes tienen cuando usan los dispositivos, como recoge el profesor de Psicología de la Universidad de Nueva York Jonathan Haidt, autor del best seller La generación ansiosa (Deusto, 2024). Ambos factores, tanto la tecnología como la mentalidad de los padres, están creando personas más vulnerables que nunca, lo que nos obliga a tomar decisiones en nuestro ámbito de maniobra.

Según la propuesta de Haidt, necesitamos evitar regalar un smartphone a los adolescentes antes de que vayan al instituto, impedir el acceso a redes sociales antes de los 16 años o incluso prohibir en colegios y en institutos los teléfonos móviles. Pero más allá de los dispositivos, necesitamos trabajar en nuestra actitud como padres. Como propone la psicóloga Alison Gopnik en su libro ¿Padres jardineros o padres carpinteros? (Temas de Hoy, 2018), hemos de volvernos más “jardineros” a la hora de criar a nuestros hijos, tomando dicha metáfora.

Mientras que los jardineros crean los espacios para que las plantas crezcan seguras y con todo su potencial, el carpintero se afana por tener un buen plano y tallar el mueble para que se ajuste a lo diseñado inicialmente. Pues bien, parece que la sobreprotección en la que hemos caído en las últimas décadas ha sido impulsada por una mentalidad de padres carpinteros: altas expectativas en nuestros hijos, clases extraescolares agotadoras, un esfuerzo y obsesión como nunca en convertirnos en buenos padres y una supervisión excesiva que les ha alejado del juego presencial con otros niños.

Convertirse en padres jardineros consiste en dar a nuestros hijos más autonomía a cualquier edad. A los más pequeños podemos encomendarles tareas domésticas sencillas al principio y más sofisticadas después. Necesitamos aprender a gestionar nuestra propia ansiedad como padres: hemos de perder de vista a nuestros hijos pidiéndoles pequeños recados que puedan hacer cerca de casa, fomentar fiestas de pijamas con sus amigos y evitar la microgestión de todas las tareas que tienen, incluso en el colegio. También necesitamos fomentar su movilidad: animarlos a ir al colegio en grupo si se puede, o que vayan solos a distancias prudenciales desde los nueve años, por ejemplo. Apuntarlos a campamentos y a experiencias en la naturaleza con otros niños y, por supuesto, evitar llenar las tardes de un sinfín de actividades enriquecedoras que los agotan y les impiden jugar libremente. En definitiva, el mejor favor que podemos hacer a nuestros hijos pequeños es permitirles ser niños sin dispositivos y sin estar tan encima de ellos.

Cuando son adolescentes, el fomento de la autonomía, de la movilidad y de la vida sin pantallas han de ser ejes importantes en la educación. Se les puede animar a participar en programas de intercambios, a vivir más experiencias en la naturaleza, a buscar oportunidades para hacer algunos trabajos, a hacer algún tipo de voluntariado o a cuidar a otras personas o a animales. También se ha de invitarlos a participar en grupos de conversaciones reales, con personas físicas, lejos de dispositivos que los hipnotizan. En otras palabras, el objetivo es crear los espacios para que puedan construir relaciones con los otros sin pantallas de por medio, lo que favorece un desarrollo más saludable del cerebro y de la mente, y los ayuda a reforzar la seguridad en sí mismos, sufrir menos ansiedad y estar mejor preparados para los retos a los que se enfrentarán en su vida.

 

 

Vìa: El País